
Del breve recorrido histórico narrado, se concluye que la evolución de ambas disciplinas siempre fue de la mano. El paralelismo existió en todo momento a lo largo de la historia, y sus nexos y encuentros fueron acentuándose hasta llegar a la modernidad, donde ambas comenzaron a ser simbióticas, integrándose la una en la otra.
La revisión bibliográfica, filosófica principalmente, confirma la existencia de un diálogo real entre ambas disciplinas. Quesada, Potestà o Leach no entienden la arquitectura como una estructura estática sino como una acción espacial, activada por cuerpos. La danza no solo ocupa el espacio, sino que también lo produce.
Los coreógrafos referenciados, han contribuido al estrechar el vínculo entre ambas disciplinas llegando a fusionarlas en algunos casos. Muy especialmente, Mira, que integra plenamente la danza con la arquitectura, desde todo espacio arquitectónico, ya sea en la vía pública o en edificios de arquitectos conocidos como el Pabellón de Mies van der Rohe o Casa Milá de Gaudí,
Los arquitectos escogidos gozan de alto prestigio internacional, sus trabajos transmiten suspensión, equilibrio, tensión, fricción y movimiento como la danza. Han realizado obras arquitectónicas específicas para albergar la danza y los cuatro han trabajado directamente con coreógrafos, en distintos contextos. Demuestran que se puede diseñar con criterios coreográficos, donde se favorezcan dinámicas de interacción entre las personas y los edificios, a través del movimiento.
CONCLUSIONES
Los proyectos académicos propios aportan la subjetividad de quién comienza a caminar en la arquitectura y dialoga con la danza. Ambas disciplinas habitan en la misma persona, se conjugan y se manifiestan de forma espontánea e inconsciente, una en la otra. En la evolución académica, la danza se va acercando a la arquitectura útilmente, y todo se hace pensando en quién habita, que es quien vitaliza al edificio. La relación siempre está e influye en la ideación.
El análisis de coreógrafos, arquitectos, filósofos, investigaciones académicas y, por añadidura, la experiencia propia, vienen a corroborar la hipótesis planteada: “La arquitectura no es un contenedor pasivo, sino un sistema relacional que se activa por el cuerpo en movimiento, y por tanto es posible diseñar espacios arquitectónicos que funcionen coreográficamente".
